Acostumbrados como estábamos a regir nuestros designios de sociedad posmoderna solo con porcentajes y ratios en hojas excel, en cuanto éstas se han declarado inoperantes por falta de datos suficientes y fiables hemos quedado en manos de los ansiolíticos.

A esta generación ya se le había olvidado que también existen la historia, la filosofía o la psicología para explicar quiénes somos, de dónde venimos y, al menos, qué nos pasa, porque algunas de las cosas que nos afligen ahora nos acompañan desde que somos sapiens. La ignorancia colectiva acerca de cuándo se levantarán las prohibiciones -«la falta de visibilidad», se dice ahora- y el desconocimiento de lo que será legal tiene desconcertada a la mitad de la población y la otra mitad se encuentra paralizada por el miedo, un protagonista de estos tiempos mucho más peligroso que el virus. Ya decía Montaigne que hasta las más prudentes personas pierden la sensatez ante él. El único antídoto contra el miedo, al menos hasta que llegue la vacuna, instante simbólico en el que todo pasará y podremos verlo con dolor y esperanza, como uno mira una ciudad devastada tras el paso de un gigantesco huracán en la que ya luce el sol, son el pensamiento y la racionalidad. Menos tripas y emocionalidades y más cabeza. Dicho de modo preciso, abandonar el determinismo, eso de que «si pasa es porque tenía que pasar» y la endeble retórica bienintencionada tan en boga que concluye siempre en un «todo irá bien, ya verás».
En esta línea les anuncio que el 1 de junio, lunes, se abrirán los bares y restaurantes. ¿A que se les ha cambiado la cara? La luz que apaga el miedo nos alivia profundamente.
En esta otra línea les desmiento el dato, aunque circuló como más que posible durante varios días. Pero supongamos que es verdad o que en vez del 1 de junio es el 6 de julio y se salva a Pamplona. Nada de lo importante cambia.

La cara del enemigo

El día que subamos la persiana, por fin, podremos ver la cara al enemigo. Nos enfrentaremos a la barra semivacía, a los grandes espacios entre las mesas del comedor, a la caja que suena poco y diluye las ilusiones renovadas con las que hemos abierto por la mañana, pero mucho peor es estar en casa, encerrados como corderos a punto de ser degollados y sin poder defender el negocio, la familia y la dignidad profesional.
Llegará el primer lunes de la historia en el que todos los ‘currelas’ vamos a regresar felices al trabajo. Un lunes en el tajo como el primer día de colegio para un párvulo, lleno de esperanzas y de incertidumbres. Si hay sol o no, nos importará poco.
Aunque se suban las persianas el día uno o el siete, el sector, ese amalgama caleidoscopio de personas, intereses, oficios y formas de vida que suman millones de historias personales y familiares, seguirá necesitando un plan de reactivación y de sostenibilidad en condiciones porque no va a haber turistas con los que hacer ni el junio ni menos aún el agosto y poco dinero de los autóctonos: el miedo de nuevo.
Aseguran que España va a tener la deuda pública más alta desde 1902, cuando los restos del imperio se terminaban de hacer jirones y de bueno solo nos quedaba la Generación del 98. Aún hay quien dice que no nos hemos recuperado del todo. Si ya estamos con el agua a la altura del pecho, ¿cuánto cambia la foto dejar que suba unos centímetros más arriba pero salvar más tejido humano y empresarial? ¿Se pueden arbitrar ayudas directas para las personas y las empresas? Y si tienen que ser microcréditos, ¿pueden realmente serlo, con micro intereses y carencias de un año o dos? Hasta Mario Draghi dice que hay que poner ahora mucho dinero para no tener que poner después muchísimo más.
Hay un gran dolor que se cierne y viene después de la muerte. Los hospitales se vaciarán, ojalá más pronto que tarde, pero después quedarán niveles de desempleo quizás como nunca antes vimos. Volver a empezar, pensarán tantísimos. Es el cíclico azote de los débiles. Y esta vez no hablamos de unos cientos de mineros a los que el futuro del planeta se lleva por delante, sino de cientos de miles de personas que en la España actual, sin otros sectores alternativos que generen grandes bolsas de empleo, tienen solo dos alternativas: o ganarse el pan dando de comer y dormir a otros o vivir de algún tipo de subsidio público. Tocan tiempos para actuar con determinación, responsabilidad y generosidad.

Postdata

Lo que nos hace diferentes no es el sol sino nuestro ánimo festivo. El bar y el restaurante son los templos de esa liturgia. ¿Y si en la reapertura el éxito se tienta con socarronería, riéndonos de nuestras propias mascarillas? ¿Qué hacen las chirigotas de Cadiz cuando pasa el Carnaval?